Tú allá abajo y yo acá arriba

Tarso, metatarso y falanges eran los nombres de los senderos que Escrivá tomaba cada día para encontrar el oxigeno proteico que lo mantenía vivo. Y no demoraba en encontrar aquellas rutas venosas y curvilíneas, con sus manos demacradas y con esos dedos de uñas mortificadas por padrastros sangrientos, que deseaban mañana y tarde saborear el pellejo de esa extremidad bendita del cuerpo humano.

Las clientas que llegaban a la zapatería exigían ser atendidas por él, pues decían que tenía esa virtud única para aprobar o desaprobar el tacón de la damisela.

Confiaban en su ilustrado gusto para juzgar la armonía de la punta y el garbo del taco aguja. Y a nadie le extrañaba el tiempo que se tomaba para tantear el pie, eso más bien le daba fama de aplicado en aquel trabajo que lo mantenía de sol a sol probando zapatos. 

Fue en esos trajines que conoció a la Omegán Texia, una tarde ígnea de fines de diciembre, al final de una larga jornada de viernes, cuando el carmesí teñía el cielo de aquel confín, en el centro de Santiago.

Entró esquivando el gentío que se apiñaba en las alborotadas vitrinas; zigzagueando esas lindísimas caderas de elefanta en extinción, al ritmo del reguetonero Pitbull y su “I Know You Want Me”, que sonaba por toda la galería, mientras detenía el transito al pasar con su melena de leona y cortaba el aire del pasillo ocho, con esas monumentales tetas que había comprado la navidad anterior.

Cruzó como una ráfaga de viento y se sentó frente a Escrivá, haciendo el tiritón de la muerte dentro de ese ajustado enterito de lycra amarilla, que acababa de estrenar.

Venía dispuesta a gastarse hasta el último peso del aguinaldo en sandalias; así que se instaló de rompe y raja, frente a ese súbdito hincado ante su patrona, dispuesto a ayudarla a encontrar el zapato digno para una reina como ella.

Escrivá dejó de lado las alpargatas y centró su talento en aquel pie que se asomaba por aquella hawaiana transpirada y sucia. Entonces extrajo del bolsillo de la solapa ese pañuelo albo y delicado que siempre llevaba, y luego de salpicar unas gotitas de colonia  inglesa, limpió todo el piñén de ese piececito de princesa.

Restregó con suavidad, sin oír el mundo que giraba más allá de su cráneo, como si acabara de encontrar un trébol de cinco hojas en mitad del Atacama. Masajeó con pulso de monje, entre los dedos, sobre las uñas pintadas de rojo, bajo el talón arrugado, más allá de los montes del maléolo y más acá de los cerrillos del juanete, hasta que el pie quedó resplandeciente y perfumado.

La Omegán Texia sintió que su flor se abría madura y explotaba en miel real que chorreaba lentamente por las piernas.

Por fin pudieron mirarse a los ojos y de inmediato entendieron que jamás se separarían.

Con el correr de los solsticios ella supo que Escrivá solo representaba veinticinco años, porque en verdad iba para los treinta y seis y aún vivía con su madre. Él supo que su verdadero nombre era Margarita Carrasco y trabajaba en una línea erótica narrando los monólogos de la Omegán Texia, aquella candente boricua a la que daba vida en tono grave y quejidos carismáticos.

Y así será el pacto entonces, se dijeron una de esas tardes, tú me entregas el fruto prohibido y yo lo cocino, ahí mismo, en el silencio de nuestros latidos y ante la clientela y el zapaterío de aquel suburbio del mundo. Y te embarcarás conmigo en la  ruta del tarso, metatarso y el falanges, recorriendo mis piececitos de princesa, mientras me entibias las venas y me contaminas el espíritu; vulnerables, desvergonzados, unidos de por vida, tú allá abajo y yo acá arriba.

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