Toque de queda

En los ochenta la noche de San Juan traía niebla turbia con olor a gallina mojada. Juana, como llamaban a la poseída, venía levitando sobre la pradera desde el año setenta y tres, cuando, mutada en vapor de feromona, comenzó a asomarse por el sendero, entre la vuelta de la greda y la del sauce, por ese camino de tierra que nacía en el pueblo y terminaba en la tercera montaña, donde decían comenzaba el viaje del buey.

Cada madrugada de San Juan, cuando los cristianos entraban al séptimo sueño de la dictadura, el Juan la esperaba escondido en una tinaja, aguardando la entrepierna que venía del más allá en busca de su falo leal, cada mitad de año en punto, camuflados en el eclipse húmedo de la historia.

El camino de tierra cruzaba cerros, chacras, ríos y trigales, y en ese tramo del predio, donde el huerto tenía aroma a polla estilada, los álamos delineaban la vereda por varios kilómetros, junto a tinajas de greda apoyadas a troncos de veinte metros. Juan asomaba la cabeza desde el hocico de greda, rascándose los testículos con una pluma negra, en la penumbra de la vasija ardiente, hasta que oía la carreta bajando la montaña, sin bueyes, arrastrada por el llanto de los perros, entonces saltaba linterna en mano y se encaramaba al lado de la sombra que manejaba aquellas riendas invisibles. Y mientras transitaban por las calles desoladas del pueblo, bajo llovizna y chimeneas nocturnas, fueron copulando durante una década, rasgando la niebla, lamiéndose sobre ánimas que dejaban pezuñas tatuadas en el barro callejero; prueba sublime de la existencia de Juana, tan buscada y jamás encontrada.

Se topó con la leyenda una madrugada después del granizo, cuando unos amigos lo dejaron durmiendo en el estomago de una tinaja, borracho, enrollado en la manta y la chupalla, oculto del toque de queda y la cuca; que marchaba por los villorrios cazando a los subversivos del insomnio.

La niebla esfumó la tomatera antes que el alba. Se levantó de la guarida justo cuando el olor a gallinero acarreaba el veneno de la pluma, en instantes que la carreta se detenía frente a la resaca de sus ojos ilusos, sin concebir que era realidad y que sueño.

Desde entonces fueron encontrándose puntualmente, teloneados por serenatas de Tué-tués, los mismos que al otro día recorrían el caserío, en cuerpos de brujos, cobrando la sal que los desvelados prometían a cambio de no quedarse sin alma. Martes hoy, martes mañana, martes toda la semana; recitaba la gente, huyendo de cabezas voladoras que escupían el valle y embrujaban el catre de bronce con lujuria rebelde, en territorios donde el uniforme raso no llegaba. Ella Juana y él Juan, en noches de San Juan, pasearon desnudos, exhibiendo el orgasmo al régimen castrador de poesía nocturna, exponiéndose desde lo alto del carretón, ofreciendo el fruto nocturno estilado de rocío púbico, en abrazos con piel de gallina sin frío.

Así fue hasta el primer San Juan del noventa, cuando la carroza no vino más.

Ese día encontraron una carreta sin bueyes abandonada en el camino, entonces la década cayó con un arcoíris en blanco y negro que aparecía cada vez que la invocaba, sin caso, pues nunca más volvió, solo una gallina negra se presentó, con doce crías corriendo tras ella, oscuras como el callejón de los álamos, picoteando el sendero cada solsticio, año tras año, a ras de niebla emplumada.

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