La noche del debut

Doña Isidorita expelía desde su nueva vagina, un nostálgico aroma a frutillas y cilantro molido, mientras que de las axilas y el pelo, le brotaba un carnal halo a tierra húmeda en tarde de enero.

Más arriba, por las tetas, la brisa fresca de año nuevo tentaba a Don Panchito cada madrugada.

Aquella era la recompensa por su amor incondicional.

Solo a esa hora afloraba la niebla desde el torso de Doña Isidorita. Por eso los abrazos de alborada traían olor a eucalipto de río y menta de huerto; fragancias de primero de enero que lo excitaban y hacían detonar su precum, mientras olía el alma de su mujer flotando por toda la pieza de adobe.

El don del olfato venía enredado en los genes de Don Panchito, entre  cromosomas mamíferos de casta carnicera y  glóbulos rojos que alimentaban la proteína de su pasión.

Doña Isidorita se vestía con un traje dorado de dos piezas, comprado en la tienda Irol, allá en la capital, muchos años atrás, cuando también se hizo de esos pomposos aros de zafiro falso, de Joyería Barón.

Eran como lámparas de lágrimas y hacían juego con el tul amarillo que le cubría los hombros en las tardes de fresca.

Los tacones beige de Bata y la panty de encaje eran sus accesorios preferidos en días trascendentales como aquel, pues había Concejo Municipal y además estrenaba su nueva vagina. 

Era una alcaldesa respetada, que sabía intimidar con el golpe de melena más famoso de la Tercera Montaña; el pueblo donde vivía junto a su corpulento esposo matarife.  

Don Panchito manejaba el matadero, mientras ella se paseaba imponente por la casa consistorial, creyéndose la Bolocco del sur de Chile, reina del mundo; hasta tenía una tiara de perlas falsas, instalada en la cima del ropero.

Sentía que esa soberana era su mejor amiga. Trataba de imitar la ropa, el maquillaje y le juraba lealtad cada vez que la observaba en cuanta revista de espectáculo llegaba a sus manos. Las devoraba hoja por hoja, cada mañana y noche, sentada en el water de la ampliación que le dio el subsidio, fumando un cigarro mentolado y pujando con ira, para librarse de la envidia y el anhelo de glamour; que codiciaba desde la infancia. 

Contaba que cuando joven había ganado el cetro de Señorita Jujuy, en Argentina, evento que, conociendo su pasado, nadie creía cierto.

Había alcanzado cierta fama en Música Libre, el programa de baile de la televisión oscura del setenta. Ahora su vida traía color, y sobre todo, olor.

Nada quedaba de ese cuerpo enclenque que tanto la atormentaba. Ni de esas patillas insipientes que arrancaba a escondidas con las pinzas de la madrina.

Las lluvias de aquel invierno humedecieron las murallas que daban hacia el norte. Aquella tarde de sábado, Doña Isidorita empapeló la pieza con pétalos de rosas, después embetunó con miel real y salitre; cocidos a baño maría, media hora antes, como exigía la receta para evitar que el olor del coito se perdiera en mitad de la noche de tormenta.

Y cuando por fin estuvo aferrada a su primer orgasmo, y envuelta por la piel de su hombre carnívoro, Doña Isidorita expelió desde su nueva vagina un nostálgico aroma a frutillas y cilantro picado, al mismo tiempo que de las axilas y el pelo, brotaba un carnal halo a tierra mojada en tarde de enero.

Acaba de comprar su sueño en cuotas. Ya no era más una mujer transexual soñando con una identidad. Ahora era una hembra feliz, la única con el don del efluvio de la tierra y la primera en cruzar el temporal para salir vestida como soñaba; con un traje dorado de dos piezas, unos aros de zafiro falso, tacones beige, panty de encaje, echarpe de tul y una nueva vagina.

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