La legislación de los amantes

-“¡El matrimonio es entre un hombre y una mujer!, ¡De otra forma el coito es una aberración!, ¡Las personas me paran en la calle y me ruegan que evite la aprobación de esta ley desgenerada!, ¡Mi lucha es en nombre del pueblo!- exclamó el diputado, en mitad de la Cámara, desbordada de gente que quería estar presente, ante la inminente aprobación de la ley.

-“Degenerada”- dijo al micrófono, una diputada del partido opositor, corrigiendo el exiguo vocabulario de aquel gubernativo bien peinado, en instantes que el Congreso Nacional se inundaba de risa, aplausos, flashes de prensa, y ceacheís de ONGs que rebosaban las tribunas.

El diputado penetró sus ojos negros en los de esa canalla; que se atrevía a ridiculizarlo, que aplastaba su orgullo en vivo y en directo. La miró con ira, con el poder del morbo, que esa tribuna democrática le daba. Cruzó el arco del iris, la materia oscura de la pupila, la subversión de la vena, hasta que encontró la vagina activa de la diputada, al final de un pasaje lúgubre, en el cerro más húmedo de Valparaíso, donde yacía el catre tórrido, oxidado por sudores de pescuezos clandestinos, en aquel motel vigilado por una travesti circunspecta, dueña de ese caserón putero que estaba a punto de caer sobre un barranco lleno de basura.

Se daban cita cuando caía la noche, en un altillo con vista al espeso océano del puerto, entonces se sumergían en sábanas manchadas con jugos ajenos, para legislar la Ley de Sade que regía el idilio secreto. Cuando entró a la pieza, él estaba desvestido, observando hincado a través de un pasamontaña. Caminó hacia la cama para desprenderse del impermeable, la boina, y los anteojos oscuros, de paso, acarició la cabeza de ese diputado, enemigo de día y esclavo de noche.

Se quitó el abrigo y quedó desnuda. Traía puesto un calzón de cuero; bragas de Máster con las que buscaba la democracia de la carne. Abrió un maletín de aluminio. Del interior extrajo una verga de goma, negra, treinta centímetros de tripa Made in China

. Y la ensambló al cinturón, con fuerza, bien apretada. -“¡Ésta será la última vez que te castigo infeliz!, ¡¿Escuchaste, desgraciado?!”- gritó, mientras embocaba la poderosa espada en el culo sumiso de su colega, cacheteando el pódium del discurso, chorreando cólera por las piernas- “¡Mañana tienes que votar a favor!, ¡¿Escuchaste, perra?!- exigió la diputada. -“Lo prometo ama, lo prometo, haré lo que me ordena mi ama”- respondió el esclavo, subyugado por quejidos de placer, que se perdían en el sonido lejano del mar efervescente.

Al día siguiente, el animal político, siervo del falo dominante de la hembra, no cumplió la promesa de alcoba, que había transado en la cofradía del camastro.

La diputada lo miró con ira, con el poder del morbo que esa tribuna democrática le daba, entonces se divorció para siempre de aquel vasallo desleal, que no sabía cumplir los decretos, que la patrona del parlamento le encomendaba.

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