La leche de la ternera
septiembre 29, 2010
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Los hombres se perdían en su pectoral lechero, como náufragos abandonados en montañas de eucalipto, asombrados por la sombra y entregados a la suerte del bosque húmedo que todo devora.
Eran años de melancolía con atardeceres en sepia y romances dentro de la chacra.
No hay tetas más ricas que las suyas le decían cuando los amparaba entre sus corazones glotones; cada uno con una argolla de platino en el pezón.
La llamaban La Ternera porque vendía leche de pueblo en pueblo, chicoteando el buey que arrastraba el carretón de madera que heredó de su madre; también ternera.
Puerta a puerta iba dejando el néctar de su seno rechoncho y codiciado, en botellas de cristal selladas al corcho, mientras entonaba esa melodía de fuegos fatuos que salía de su garganta malvada.
Y nadie en ese valle central vislumbraba el origen de aquella leche energizante y afrodisíaca, jarabe engendrado en los suburbios de la glándula, en las pechugas de la vaca sagrada, en establos tibios que dormían en noches de paja, porque pajeando empezaba; sobando la verga seguía y tragando terminaba.
La hormona del Diablo venía en la pulpa del queso, en el engrudo del manjar, en la lactosa del flan.
Todas las noches el innombrable de mil nombres se le aparecía en forma de toro rojo, arrastrando la penumbra del cielo con cachos de oro, desde el sur, de la tierra de los Onas, decía el comadreo afuera de la misa de ocho. Y mientras el bovino descendía por la colina, seiscientos sesenta y seis chacales lo seguían quemando la pradera, que volvía a crecer a la hora del rocío, cuando se ordeñaba la teta.
El mamífero barbudo lamía con delicadeza el toperol enrojecido, hasta que La Ternera estallaba, cuando la otra leche que venía desde los suburbios del huevo le entraba por la boca y se hacía suero en el interior de su pescuezo latino.
Cada mañana, cristiano que bebía leche, cristiano que se hinchaba en nata de pasión.
– “¡¡La leeeeeeche!!”- gritaba desde su trono de mimbre, en la cima de esa carreta con ruedas aplanadoras, envuelta en un abrigo de piel de coipo que le quitaba el frío del alborada.
Los vecinos la veían perderse por esos caminos de tierra, cercados por hileras interminables de álamos, apurando el avance del buey y trayendo el sol del medio día.
La excitación de la carne se apoderaba de la mesa matutina, el almuerzo en la terraza y la comida bajo la higuera.
Del crepúsculo al amanecer, del ocaso al alba.





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