La condena

Quizás fue esa soberbia masculinidad que él no tenía.

Quizás fue ese desplante arrogante que venía escondido en sus genes moros.

O tal vez aquella mirada perspicaz que se perdía más arriba de la barba; gruesa y morena.

Lo cierto fue que aquel hombre hizo que perdiera la razón, la cordura, y sobre todo, el rumbo del plan que había ideado para su vida.

Nunca entendió por qué sentía eso, tampoco tenía el valor para responder esa pregunta obscena que venía punteando el ardor de sus testículos, desde aquellas lejanas noches, cuando comenzó a traicionar el amor de su esposa. 

Juan Pablo solo tenía una respuesta clara en su mundo interior; jamás asumiría ese secreto que escondía con garras y dientes.

Había noches en que vislumbraba algo parecido al amor. Pero no tenía la certeza, pues jamás había amado. Lo que sentía por Espir era obsesión, pasión clandestina, dependencia, masoquismo; era todo eso, menos amor. Lo que sentía por su mujer era una emoción parecida a eso que la mujer expresó, cuando le regaló el primer Birkin, al mes de pololeo. 

Para Juan Pablo las mujeres eran un accesorio para abrir puertas y cerrar ventanas.

Y era bajo la oscuridad ciega de la noche, que el pudor desaparecía, después de las 10 PM, cuando la esposa dormía abrazada al Ravotril de dos miligramos y los niños ya iban en el noveno sueño.

A veces la escusa para huir era una reunión extendida más de lo normal, otras, los cigarros de media noche o incluso algún caso de emergencia, en la firma de abogados donde era socio. 

La primera vez que Juan Pablo y Espir se observaron, fue a través de las burbujas de una copa de champaña; en una galería de arte ostentosa, donde el arte solo se encontraba en el talento para descubrir el arribismo intelectual de los invitados.

Y mientras la esposa posaba para sus tan deseadas páginas sociales, él, confundía su lengua con la de su amante, en uno de los baños de la galería, enredando las corbatas como serpientes desleales, a lo Menatplay, la página porno de ejecutivos de terno que revisaba cada vez que estaba solo; apretándose el miembro con las piernas, sudando lujuria por las axilas, eyaculando con espasmos tortuosos y gritando como un adolescente a quien nada le importa.

Una madrugada, después de varias piscolas en un antro gay de Bellavista, Espir le confesó que se iría a recorrer el mundo con su nuevo amante alemán. Y así nada más, dio por terminada la relación.

Aquella noche, Juan Pablo se metió en su cama, borracho y destrozado. Agarró a su esposa por la espalda y la penetró, mientras por su rostro caían lágrimas de ira.

La mujer no preguntó nada. Para ella aquel acto era parte de la rutina una vez al mes. Tampoco conocía otra forma de ser amada. Los padres la habían casado al mejor postor, apenas egresó del colegio de monjas. Su vida era una cárcel bastante rentable, y eso era lo que importaba para ella.

Los años pasaron sobre los atardeceres púrpura del valle, en silencio, sin confrontaciones, con Juan Pablo dando vueltas por las calles aledañas a la “Plaza La India”, en busca de amantes esporádicos que le ayudaran a olvidar el olor de Espir, que jamás pudo quitarse del cuerpo; huyendo de las verdades, de los recuerdos de infancia, del futuro, y de los ojos tristes de su esposa, a quien llevaba agarrada desde el corazón sufriendo su condena.

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