Castración del ego

Espartaco González le decía que era heterosexual. Pero en verdad no lo era y cada vez que simulaba amarla se veía en el espejo de sus ojos, donde supervisaba el cuerpo demarcado por el aminoácido y los pelos de machito que copaban el torso.

Nunca perdía de vista el trofeo invertebrado con el que daba el orgasmo feroz, pues esa era su manera de amarse a si mismo, deseándose, una y otra vez.

Y mientras observaba la metida de llave que abría el corazón de esa amante cuarentona, se perdía en el desvarío de su verga colosal, en ese estandarte con el que se ganaba la vida, vendiendo el amor que tan extinto estaba por aquellas comarcas del alma.

Era egocéntrico, ambicioso, egoísta, calculador y vanidoso de esa estampa favorecida, que temía perder algún día con la vejez ingrata que cabalgaba hacia él.

Antes prefería cortarse las venas en una tina, tomando champaña y fumando marihuana, le decía, mientras ella reía a carcajadas y se enamoraba aún más.

Su nombre era Mónica, ejecutiva exitosa y temida, esposa de un católico conservador y madre de cinco niñas rubias y chillonas. Pero cuando entraba en la pieza que Espartaco arrendaba en el centro, y aspiraba ese olor a desodorante barato que tanto le excitaba,  perdía todo el poder, el dominio y el respeto, que la jerarquía urbana le entregaba en calles lejanas a esas.

Entonces Espartaco guardaba los honorarios para pagar las cuentas en una vieja cajita de lata Calpany, bajo el catre oxidado, mientras ella soñaba profecías románticas y él codiciaba sus abrazos de madre.

Espartaco González le decía que era bisexual. Pero en verdad no lo era y cada vez que simulaba amarlo se veía en el espejo de sus ojos, donde supervisaba la mentira y la billetera hinchada de ese veterano Opus Dei, que tanto regocijo sentía al caer rendido en los brazos zagales de aquel muchacho.

Y mientras observaba la metida de llave que abría el corazón de ese amante cincuentón, se perdía en el apetito egoísta que movía la coyuntura de su pescuezo desleal, prometiendo fidelidad a cambio de un cheque para pagar el arriendo.

Su nombre era Jonás, empresario déspota y conservador, patriarca de familia numerosa y pulcra. Pero cuando caía en los dominios de ese chiquillo engreído, su poderío se iba a pique y terminaba lamiéndole los pies descalzos, subyugado por el vigor de esa juventud que tanto le excitaba. 

Hasta que una rusiente madrugada de febrero, sudorosa y agitada, doña Mónica y don Jonás, matrimonio de hecho y amantes de cohecho, descubrieron que compartían el mismo hombre.

Entonces la ira vino de golpe y suplantó al morbo, mientras el despecho de esos poderosos se tornaba sobre la venganza sangrienta que no dejarían pasar.

Doña Mónica llegó primero. Traía de regalo un jeans Armani que Espartaco se probó enseguida. Luego asomó el falo por el cierre y ella succionó por media hora, hasta que esa última explosión de arrogancia le roció el rostro con leche materna.

Don Jonás llegó cuando el muchacho ya estaba amarrado de manos y pies, creyendo que aquel juego de vasallo le daría una remuneración extra en esa noche de calor.

Y cuando vio que la pareja estuvo de pie frente a él, comprendió que aquella infidelidad absurda le traería consecuencias aterradoras.

En el espejo de esos ojos vio su entrepierna sangrante. Marido y mujer tomados de la mano. Él afirmaba el cuchillo y ella el pene colgante, aún agitado por la furia circunspecta que inundaba la pieza; más allá del llanto de Espartaco y la cascada de sangre que comenzaba a devorar el suelo, empapado con lágrimas de sal, recuerdos de pasiones incorrectas y coágulos de veinteañero.

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