Altiplano infernal

Espesas gotas de sudor, sazonadas con libido de monja nortina, traspasaban su hábito comprado días antes, en una tienda de disfraces de Santa Cruz de la Sierra.

El sudor le caía por el cuello y los hombros, de tal forma, que parecía una novicia recién salida de un bautizo en el río. Esa sofocante humedad se convertía en un tempestuoso delta, que terminaba mojándole la espalda y empapando el asiento del bus por completo. 

Se sentaba atrás del chofer, en el mismo lugar todos los lunes, expeliendo ese olor a hembra sofocada, gritándole al conductor con sus feromonas de bandida, con su humedad morbosa delineándole las tetas, sobre esa sotana que se le pegaba al cuerpo como nailon.

Ulises Mamani llevaba veinte años manejando el bus que unía Putre con Bolivia.

En ese tiempo había memorizado la ruta y el rostro de los pasajeros; porque siempre eran los mismos: El profesor de energía nuclear que enseñaba en una escuelita al otro lado de la frontera, la chola dueña de un McDonald’s en Putre, los niños Aymara del internado para súper dotados y el vendedor ambulante de barbitúricos.

Por eso le fue fácil notar a esa cristiana que venía viajando desde hacía un mes todos los lunes en la mañana; desde Bolivia a Putre.

En aquel futuro casi no quedaban monjas, eso acrecentaba aún más la calentura de Ulises Mamani; cuya fantasía erótica con una devota venía tentándolo desde que tenía memoria. Después de los deshielos que ocasionó el cambio climático, las olas de calor eran parte de la rutina en la provincia de Parinacota.

Había temporadas en pleno enero que las temperaturas superaban los sesenta grados.

Y la monja se sentaba siempre en el mismo lugar, circunspecta y atrapada en la sexy rigidez que resaltaba la belleza etérea de su rostro, sudando como yegua en celo y recitando el rosario, mientras hacía contacto con los ojos negros del conductor, a través del espejo retrovisor.

Hasta que un día tocó que en la maquina no venían más pasajeros que ella.

Entonces Ulises Mamani detuvo el bus a medio camino, en una perdida orilla de aquel altiplano infernal, junto a una gigantesca granja eólica.

– “Ya no aguanto las ganas de besarla”- le dijo sin tutearla, mientras le sacaba el habito, la lamía entera y comenzaba a notar que de cerca era mucho más alta que él- “No hay lunes que no se me pare cuando la veo subir, madrecita”- le susurró al oído; besándola desesperado, en el instante cuando notó los tatuajes satánicos que decoraban su espalda.

Se detuvo ofuscado, pensando por qué una religiosa podía llevar tanto graffiti lujurioso, cargándole ese santo espinazo.

– “¿Quién eres?”- le preguntó inmovilizado.

– “Soy burrera y este es mi disfraz”- contestó agarrándole la verga, mientras un puñado de óvalos de cocaína se batían dentro de su delgado estomago; esperando con ansías bajar por el camino para ser liberados, transados y consumidos, en algún lugar de aquel frenético y caliente siglo veintidós.

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