Amapola Mundial

Era un botón de adormidera abriéndose paso por el mundo, la amapola de la heroína estallando bajo el sol de mediodía, esa flor maldita que traía el veneno en el polen de su epidermis, exhibiendo el arte de su corpóreo a hombres que estallaban bajo la luna de media noche, machos nocturnos con olor a colilla de Lucky Strike.

Amapola fue el nombre que la pradera vetusta le puso, la tarde cuando la dejó olvidada al otro lado de la chacra encantada, tierra de luciérnagas y revolcones sudorosos.

Corrió por 16 años, hasta que el 17 atravesó las matas de choclo y encontró el camino de asfalto. Esperó seis días, y al séptimo, un bus del año 73 se detuvo. En la máquina sólo iba ella. Viajó un día, siempre hacia el norte.

La dejaron en Pío Nono con Bellavista, en plena ciudad, entonces la Amapola de la campiña echó raíz en mitad del valle.

Y con la vitamina del Mapocho fue creciendo hasta convertirse en una astuta modelo de calzones y sostenes Victoria’s Secret.

Tenía 19 años pero parecía de 30, la flor exótica del show business, la que aparecía en la farándula matinal con adormideras blancas en el pelo, esa que acababa de estrenar un balón de fútbol en cada teta.

Aquella mañana traía los pezones duros. En el centro de las pelotas iban los toperoles del chuteador, incrustados en esas puntas por el futbolista de patada insaciable que todas deseaban.

Había llegado hacía media hora a Nelspruit, en primera clase, tomó champaña y se apretó los pezones todo el viaje. Iba sola, como cuando llegó a Santiago arrastrada por su destino de flor malvada.

Venía invitada por ese futbolista de la selección que conoció semanas antes, en el túnel de un antro lleno de tabaco y dióxido de carbono.

El primer encuentro fue voraz, ocurrió en el angosto pasillo que llevaba al baño del golden vip. Ella venía limpiando el polvo blanco de su nariz. Él iba a mear los cinco vasos de vodka tónica que llevaba en la tripa.

El roce pecho con pecho fue mortal. El deportista cayó rendido ante la adicción de la adormidera y nunca más pudo librarse del orgasmo desgarrado de la hincha.

Amanecieron en el Hotel W, en el jacuzzi hirviendo, donde el tallo del deportista echó raíz en el humedal de su entrepierna jugada, recordaba excitada, mientras subía por la escalera del estadio.

Llegó al último piso y se encerró en ese otro golden vip, con la mejor vista panorámica del coliseo, en un balcón alfombrado, con trono, amplificación y bar abierto.

Se desprendió de la gabardina negra y quedó desnuda, usaba sólo botas rojas de charol; tan color sangre como la camiseta del canchero engañado que corría en pleno campo.

La Amapola sintió que abrazaban su cintura, parecían las piernas carnudas de su delantero, pero solo parecían, esos bíceps no buscaban cobijar la pasión de ninguna flor.

-“El chip quedó insertado en la carne del coxis, no fue difícil, bastó un 69”- dijo la Amapola, justo cuando comenzaba a manejar la verga del tipo como la palanca de un control remoto, decidiendo la jugada de ese otro macho cabrío, que chuteaba la pelota bajo el clamor de millones, sin sospechar que su destino era manejado a la distancia.

 

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