La señora del público

Todo comenzó después de enviudar, cuando la melancolía mutó a lujuria, en tardes desoladas que vinieron a enseñarle como cachetada de menopausia, que de ahí en adelante, seguía sola. 

Fueron años de sequía uterina, inviernos lluviosos que pasó apoyada al ventanal de su departamento, con la mirada perdida en el horizonte gris de la Alameda, en instantes que lágrimas secas caían por el vidrio de su mejilla, en el último piso de una Torre San Borja, coronada con antenas parabólicas y nidales de palomos tristes.

Entonces el dedo índice se le presentó un día, humedecido con baba chorreada desde su boquita carmesí, aquella vez, cuando se deleitaba con los modelos del “Venga Conmigo”, el programa del Pollo Fuentes, que cada tarde de domingo le devolvía el instinto sabroso de la frivolidad.

Y fue calentando las 525 líneas de la pantalla, abriendo los ojitos saltones de cincuentona buenamoza, comiendo chocolate Trencito acostada en esa cama de dos plazas, donde dormía sola,  mientras estimulaba su vagina farandulera al ritmo del cepillo de dientes eléctrico, en largas mañanas de deleite, observando las tetillas morochas de aquellos exhibicionistas, que hacían gimnasia a torso desnudo en el “Buenos Días a Todos”, y también en tardes cuando repetía la rutina, tocando el televisor, inundada por el aché de “Mekano”, hipnotizada ante tanta piel morena y transpirada.

 Hasta que un día, la vista la llevó a ese gentío eufórico, sentado en un rincón de la sección aurea. Aquellos también gozaban con el show, de cuerpo y alma, como ella.

Entonces un “Extra” se transmitió en mitad de su frente sudada y luminosa.

Se puso mini falda roja, peto blanco, y partió a inscribirse en la Agencia Kaos.

Al día siguiente comenzó en ese nuevo trabajo que nunca más abandonó, sentada en la primera fila de un estudio de televisión, con su mejor tenida dominguera, de sonrisa esplendida y carcajada soprana, enamorada de conductores que le dedicaban saludos en vivo y en directo, agradecidos por ese fiel ímpetu, que avivaba las cortinas a comerciales y el bailongo del estelar.

Cuando se vino la televisión digital, después del 2000, ya era la señora del público, la jefa de la tribuna, la que gritaba más fuerte y la que organizaba el orden de las primerizas.

Y fue en ese programa donde pasaba las tardes, con su entrepierna saltarina enrojecida, que conoció al Potro de Independencia, el bailarín zambo, que la enamoró como nunca antes en sus setenta años.

 – “¡Mi Potro de Independencia!”- le gritó, pasándole el Pie de Limón, que había cocinado la madrugada anterior- “¡Que sea un programa bien transpiradito!”-agregó, cerrándole un ojo.

Desde entonces, cada tarde, le obsequió delirios delicatessen cocinados con los jugos de su vulva, dulces como su mirada y afrodisiacos como el erotismo de la tevé. Y el comió cada pastelito que le llevó, antes de salir a escena, hirviendo su sangre para hervir la de la espectadora, en tardes de strippers, en tardes de griteríos que prometían lealtad eterna a esa amada televisión chilena.

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