Fecundación in vitro
septiembre 29, 2010
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Cincuenta grados de infierno cayendo sobre las coronas de esos araucanos, soportando la vehemencia del sol en sumisa penitencia, con espaldas mojadas por la condena que los tenía caminando hacía tantos siglos.
Cuatro titanes cargando el mundo en sus hombros, dejando la huella sigilosa en el sendero tragado al instante, por el desierto de Atacama.
Atravesaban aquella pampa de yeso inmortal, ígnea y desolada, avanzando hacia la estría del Ecuador, la mitad humana, donde se encontrarían con la otra caravana.
El espermio viajaba en una botella, en el interior del catafalco, donde lo puso la reina del Polo Sur; agitándose como cola mutilada de lagartija, cabeza tatuada con venas moradas, leche espesa recorriendo el germen de extremo a extremo, fermentando como tripa ansiosa, tratando de arrancar hacia el otro lado de la botella, rumbo al Trópico de Cáncer, de donde venía el adictivo olor de esa otra presa.
Cincuenta litros de infierno cayendo sobre las coronas de esos vikingos, soportando la vehemencia del huracán en sumisa penitencia, con espaldas mojadas por la condena que los tenía caminando hacía tantos siglos.
Cuatro titanes cargando el mundo en sus hombros, dejando la huella sigilosa en el sendero tragado al instante, por la selva del Yucatán.
Atravesaban aquella jungla de musgo inmortal, gélida e inhabitada, avanzando hacia la estría del Ecuador, la mitad humana, donde se encontrarían con la otra caravana.
El óvulo viajaba en una botella, en el interior del catafalco, donde lo puso el rey del Polo Norte; hinchado como corazón rojo de tiburón, envuelto en plasma venoso, tratando de arrancar hacia el otro lado de la botella, rumbo al Trópico de Capricornio, de donde venía el adictivo olor de esa otra presa.
Y fueron a converger en una pradera dionisiaca, forrada con tréboles de trece hojas que devoraban la cuenca, teñida de lúcuma por esa luna llena hinchada por la menstruación caldeada del planeta, en el valle de Venus, donde nacía la Línea del Ecuador que nunca nadie encontró, hasta ese día.
Entonces el equinoccio detuvo el aguacero y la sequía, para fundir las semillas que traían los titanes de esa fábula extinta, en el ritual sagrado que narraba la Biblia de los Polos; cantaron karaoke vietnamita, se inyectaron anabólicos, tragaron antidepresivos a destajo, saborearon piedras de MDMA, que guardaban en cofrecitos de porcelana colgados al cuello, bebieron sangre de oso panda diluida en mercurio y terminaron abrazados y desnudos, prometiéndose lealtad hasta el fin de los tiempos, mientras hacían estallar las botellas con el suspiro borrascoso del orgasmo.
Espartacos andrógenos portando gametos acuosos y renacuajos de ADN, penetrando y arrancando la lujuria de la carne, el génesis del pecado, reventando en la eyaculación supernova, y ahí, dos niños, hembra y macho, naciendo de la esperma transparente, caminando hacia el este por la línea dorada del Ecuador, como si fueran por una cuerda floja sin termino, él con cuatro dedos, ella con seis, comenzando a poblar la frontera devastada, alentados por titanes con cuerpos de Sequoias, sentados sobre cordilleras que comenzaban a poblarse en aquel instante.





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