La replica de la vulva
septiembre 29, 2010
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Su nombre era Yessioca de Cahuachi.
Soberana de Nazca, aquellas tierras ígneas al sur del Perú, que comenzaron a pisarse en tiempos que el planeta aún se cocinaba a fuego lento.
Cada madrugada, a eso de las tres treinta y cuatro del reloj contemporáneo, en segundos extraviados cien años antes de Cristo, su delirio uterino transaba la ofrenda ante los dioses, amos del sexo y el desierto.
En horas cuando la luz de la luna azotaba con fuerza, la princesa cobijaba la ofrenda que exigía fertilidad en la pampa; con la vulva aguada, lamida y estrujada una y otra vez por guerreros que consagraban los cuerpos vigorosos y las lenguas sagaces a los saboreos de la fe, pues la misión más importante era saciar aquella vagina de hembra atestada de libido sofocado.
El crepúsculo la pillaba sentada en un trono de roca, desnuda y con las tetas engrasadas, de ojos blancos y con las piernas abiertas para liberar el semen cosechado la jornada anterior, luego hacía marchar una tarántula venenosa, que más tarde sus hermanos tatuarían en líneas sobre el espinazo del páramo, y allí, en su triangulo milagroso con sabor a lúcuma, invitaba al arácnido a recorrer cada extremo de la selva femenina, solo así purificaba los labios carnosos y abusados por el falo negro de tanto creyente, para volver a ser penetrada nuevamente, con el brío de su expiación.
Tres docenas de guerreros se masturbaban en la fila, mientras esperaban ansiosos el momento para usar el arma; hinchada y humedecida con saliva, lista para estallar junto a la súper nova.
Su vagina sacrificada traía el vegetal, el maíz, la yuca y el algodón. La abundancia del suelo se hacía, mientras los degollados traían la venia de los dioses, entonces clítoris y cabeza humana consumaban el rito sagrado de la familia Nazca.
Era en el éxtasis del orgasmo cuando su néctar iluminado caía, por el Monte de Venus y el Pirineo, y en forma de delta fluorescente descendía por la roca hasta que iba a terminar engendrando pasto fértil en la arena infértil.
Su grito desgarrador rompía las nebulosas de la noche, en instantes que la sentencia de los dioses se escribía, con sonido tembloroso y lamento de maremoto.
Y allá en el futuro se cobraría, narraba la prosa de la profecía, en horizontes lejanos que solo el continente comprendería, en una noche sombría y calida como la de aquel remoto pasado.
Entonces la Placa de Nazca vendría a embolsarse la metáfora erótica del destino, derrumbando imperios, derramando lágrimas de niños que no merecían inmolar alma alguna, convirtiendo a estirpes inocentes en ánimas del fin del mundo.
Entre tanta tristeza iría a parar el valor indígena de esa America prematura, afirmando la columna del caído, arraigando la fuerza en el corazón del pueblo sufrido.
Esa valentía heredada del coagulo iría a pesar ocho coma ocho grados en la escala de Yessioca de Cahuachi, la muchacha que chorreaba vida desde su vagina, mientras sentenciaba el castigo de los dioses.





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