El galpon
septiembre 29, 2010
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Un galpón abandonado cerca de la línea del tren. El esqueleto de un galeón enterrado en un potrero de cardos borriqueros al costado de la entrada. Cuarenta y cinco grados Celsius. Adentro hay mil puertas de roble que abro y cierran solas. En los rincones sin luz, donde la orina y el excremento se amontona, veo gente inyectándose parafina en las venas. Creo que ésta bóveda sin fin alguna vez fue un terminal portuario; hay huesos de pescado, maletas abiertas y boletos de cruceros que nunca se usaron, pero esa idea es un disparate, estoy tierra adentro, cerca de Quilpué, donde el mar jamás ha llegado.
Vago por laberintos donde gente sin rostro me mira y comenta que mierda hago en ese lugar donde nadie ha llegado en décadas. Tratan de acercarse pero ya es tarde, estoy en otro pasillo y la puerta se ha cerrado. Entonces lo veo al final de la gran cámara, cuando la niebla glacial sale de mi boca, en instantes que descubro donde estoy, diez grados bajo cero.
Allá en el fondo está el viejo con la tripa inflamada a punto de estallar. Viola a la mujer mientras aspira el tufo del nitrito de amilo que el mismo cocinó. Con esos ensambles violentos su erección crece el doble. Tensa el espinazo raquítico. Alza los brazos. Puntea más rápido pero jamás se despega del hoyo. Mete y saca entre lamentos barbaros y lubricante que cae por las piernas convertido en engrudo. El viejo la agarra con fuerza de la cabeza y ella se entrega a su destino inmóvil y kafkiano.
Me escondo en la sombra que deja un tótem de chatarra. Sin querer pateo una tostadora y el viejo trata de descubrir quién es el intruso. No deja de afirmarla con fuerza, mientras continúa pasándole la lengua con desgarro sobre las tetas heladas. Ella no reclama, no se niega, pues para eso nació esa mujer, para ser violada.
El viejo tiene el torso pegoteado con grasa, eyaculación de la mujer que vino desde rendijas en la entrepierna. Y es esa vagina de felpa que él zurció, la que aprieta la verga y no la deja ir. Es ese cuerpo de hembra que alguna vez fue un refrigerador el que viola al viejo; con el circuito succionando la carne, con el chip chupando el glande.
“Gracias por traer la parafina”, susurra en mi oído un rostro que no es rostro. Y metiendo su mano de lámpara me agarra los testículos. Me soba con vaivenes suaves que no corresponden al aluminio de sus arterias. Sucumbo y le entrego mis genes en la nata que escupen mis entrañas erógenas. Siento como absorbe la materia, entonces camina hasta el viejo y me ve a los ojos.
Mi semen es depositado en la boca de una ninfa de acero, que nació cocina y hoy es la Eva de aquel mundo tenebroso. Comprendo que jamás saldré de ahí. Vagaré por laberintos de concreto hasta que la eternidad estalle en el orgasmo del fin.
El viejo me mira y sonríe. Está fusionado a ese coito que jamás terminará. Lo sabe. Su destino de minotauro y la condena de Dios nos mantendrá generando la leche sagrada de las máquinas; esas que se reproducen en aquel galpón a donde solo llega un hombre cada cien años.
Trato de huir pero no puedo. Ella está en mi camino y lo impide. Nos vemos por fin frente a frente. Mide dos metros, tiene tetas de teteras, tronco de lavadora, pelo de alambre púas, ojos de ampolleta, piernas de enceradora y vagina de felpa.
Por un instante pienso que ésta prisión perpetua no es tan mala. Solo tengo que eyacular y alimentar el motor de ese organismo, hasta el fin de los tiempos, hasta que ya no me quede parafina.





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