El torso de MeryRose
septiembre 29, 2010
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Se apoyaba al poste de la luz, comiendo semillas de maravilla como ardilla conspiradora, escupiendo las cascaritas manchadas por el rouge de su boquita escarlata, en plena esquina, como paté de Pez Globo, exquisita y mortal, apretadita y durita, usando el mismo jumper desteñido que usaron sus cinco hermanas mayores en el liceo.
Todas las tardes se asaba sobre el cemento de Cerro Navia, aguardando toda una Penélope, maravilla tras maravilla, esperando el retorno del Torso que le dio el primer orgasmo. Su primer amor. Aquella pasión intensa comenzó un año antes que el Torso cayera preso, ese día cuando la MeryRose descubrió el arma de la leyenda amenazando su cara, el cuchillo de 23 centímetros que le daba la arrogancia con la que dirigía la mafia del Block.
Lo vio por primera vez cuando tenía doce, bajando de una camioneta cuatro por cuatro polarizada, asomado de un arnés Louis Vuitton que un papichulo de dos metros llevaba anexado al pecho, siempre rodeado por cuatro matones de buzo que abrían paso al narco más temido de aquel siglo; pero fue a los quince años que lo conoció, en una fiesta que una vecina organizó la noche de la Teletón.
El Torso le decían, pues ni piernas, ni brazos, tenía. Perdió las extremidades en una mexicana con dinamita, donde murió su padre y sus hermanos, desde entonces su trono colgaba del torso de un lazarillo boricua, como si fuera la continuidad de ese musculoso corpóreo ajeno, sintiendo suyas las piernas peludas y los bíceps tatuados que siempre iban con él; al ajuste de cuentas, a la orgía, a la transacción, a la cárcel.
Lo condenaron a mil años y un día, recién llevaba tres, dirigiendo el negocio desde los rincones de la celda, cada día más rico y poderoso. Y era precisamente ese carácter avasallador que aparecía en su grito de mando, lo que más calentaba a la MeryRose, recordaba acalorada y con nostalgia, cada tarde ardiente cuando velaba por el retorno del destierro.
Lo recordó sobre el catre, esperándola con la verga dura, un duende lujurioso dueño del mundo, un torso musculoso y peludo con una argolla de platino en cada tetilla, que ella tiraba con los dientes al acomodarlo sobre su cuerpo, como si fuera un muñeco a pilas portador de la lengua más rápida del planeta.
El grito de la pasión se oía por todo el pasaje, atiborrado de matones que, metralleta en mano, vigilaban el orgasmo del Torso; tan temido, tan amado y odiado, tan astuto.
-“Tan astuto éste hijo de puta”- pensó la MeryRose esa tarde, cuando vio venir una vieja de falda larga y trenza azabache, la reconoció, era la esposa del pastor evangélico.
-“Acá está la encomienda, mija”- le dijo apurada, entregándole el bolso de viaje que traía a cuestas- “La operación Caballo de Troya fue un éxito”- agregó nerviosa.
La MeryRose le entregó el fajo de billetes que escondía en el sostén, tal como le explicaron; después de perder de vista a la veterana, abrió el bolso y escarbó entre el diario arrugado que amortiguó el éxodo, mientras aceleraba la respiración y el sudor traspasaba su uniforme, justo cuando descubría la sonrisa ganadora de su amante en el fondo de la valija.





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