La dueña del juego

Entró envuelta en un pañuelo Hermés negro. Cerró la puerta de la cabina suavemente y   solo cuando estuvo sentada en mitad del cuchitril, se sintió protegida de la garra catequista de su estirpe. Recién ahí notó el aroma familiar del basurero entre los pies. Era semen asfixiado, que emergía de los restos de confort blanco, que repletaban el tarro.

Rápidamente se adaptó al submundo áureo de aquellas catacumbas de la moral. Bajo el ruido de Merced; y a merced de la calentura fresca de su entrepierna. Todos los días, después de su trabajo en la revista, se perdía entre la camanchaca turbia de algún ciber café del centro.

Se desabotonó el impermeable Burberry negro, y mientras se abría la carne, la piel se le puso de gallina.

Acomodó la web cam sobre el monitor del PC, así su cuerpo se apreciaría en plenitud. Era una diva del porno totalmente desnuda. Y ya lo era incluso antes de ingresar al ciber café; “Revelación” de su exhibicionismo. Ya venía en el taxi acariciándose los pezones con sutileza. Ya era una estrella old school, incluso antes de afeitarse la vagina, en la soledad de su pieza.

Levantó una pierna y la apoyó sobre la silla. Usaba tacones rojos Mary Jane, de Manolo Blahnik. Conectó el Messenger y se lanzó al vacío del morbo; que tanto le excitada. Recordaba con ardor, el día en que asumió esa nueva adicción. Fue un viernes de tormenta, a las dos de la mañana, en la cabina de un ciber café en el barrio Bellas Artes.

El recuerdo se fugó cuando el Messenger abrió. Reconoció el Nick de inmediato, en mitad de una lista de diez mil contactos que vagaban por su chat; todos ellos iban tras el holograma de Sodoma, oculto con delicadeza, bajo sus Trompas de Falopio. 

La solicitud de cam apareció enseguida. En el avatar estaba Joao, el mulato veinteañero que cada tarde masturbaba su descomunal verga, agradeciendo la gala de su ciber amante, con espasmos y erupciones de lava fecunda y viril.

Pero la agradecida era ella. La que dirigía la performance y la que decidía el momento exacto para empezar y terminar, era ella. La emperatriz del planeta pajero. La matriarca de tanto vecino erotizado entre el porno gay, la eyaculación clandestina y la música FM perdida en el confín del horizonte.  

– “Yo mando el juego”- anotó en la ventana del MSN, justo cuando la canción “Orange Red” de “Cocteau Twins”, comenzó a sonar por los parlantes del laberinto.

Tuvo que taparse la boca para no gritar en el quinto orgasmo. Sabía que al otro lado del cholguán acolchado, otro ser humano también estallaba.

Eso era suficiente para sentirse acompañada en la caravana sexual que comandaba. Llevaba el estandarte con la cabeza en alto, pues no tenía que rendirle cuentas a nadie. Era adulta y había educado sola al hijo que tuvo a los quince años. Ahora el chiquillo volaba  por la vida y estaba a punto de convertirla en abuela por segunda vez.

La menopausia la tenía más caliente que nunca. Sabía que miles venían tras ella, navegando con frenesí por el ciber océano mediterráneo y transgrediendo códigos escritos en las pacatas líneas del destino de esa república joven y provinciana.

A las diez de la noche subía por Plaza Italia, apoyada en la ventana trasera de un taxi. Atrás quedaba el Parque Forestal y las cinco horas de ardiente confesonario.

Al entrar al penthouse, Joao la esperaba con la mesa servida; como todos los días. Vestía un traje negro Ermenegildo Zegna. Estaba con los pies descalzos, sin camisa, ni corbata. Tenía los brazos extendidos, listos para abrazar a la dueña de su miembro obrero y, por supuesto, para recibir a la dueña del juego.

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