¡Mírame!
septiembre 29, 2010
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Aprendió a hablar, mientras su madre recitaba el Kamasutra de memoria; en el catre heredado por la abuela, primera dueña del palacete.
– “¡Rico, que rico!”- gritó a los pocos meses de nacer, desde un corral de mimbre arrinconado en una de las esquina de la pieza.
La madre, que atendía al cuarto cliente de la noche, dejó la faena y abrió dos botellas de aguardiente para celebrar las primeras palabras de su cachorra ciega.
Aprendió a caminar, mientras arrancaba de los pacos junto a sus tías, aquel año nuevo, cuando allanaron el palacete. Por varias horas corrió por los techos de Pelluhue, de la mano de su mamita, la última reina de la noche.
Aprendió todo sobre los hombres; escuchando con paciencia, oyendo los años pasar más allá de las tinieblas de su mirada melancólica, entre los fríos pasillos del palacete y los acalorados festines de la madrugada.
No podía ver, pero si palpar. Y fue así como descifró el secreto más poderoso de los hombres, por su puesto, con la ayuda de las enciclopedias sexuales que oyó de sus profesionales tías.
A los dieciocho, comprendió que aquellos recuerdos de infancia, escondidos tras sus pupilas, la habían dotado de un tacto evolucionado y atestado de audacia voraz. También vislumbró su apetito exhibicionista. No podía observar, pero si ser observaba. Y ser la presa del voyerista era su pasión más húmeda. Mientras más expuesta al sonido de la urbe, más saboreaba ese peligroso orgasmo dentro de su nebuloso clítoris.
– “Mi nombre es Luz, como eso que brilla y calienta”- dijo en el oído del gendarme; cuando la penetró por primera vez, en la cima del cerro Santa Lucía, mientras la ciudad juzgaba su performance y hacía de ella una imputada por gozar.
Aquel año llegó a Santiago. En el morral traía un sueño casi imposible, amontonado junto a varios encargos de las chiquillas del palacete.
Anhelaba ser la primera jueza ciega; como la justicia, decía. Así que hizo suya la sabiduría del Braille y se transformó en la magistrada más temida del tribunal; implacable, seria y fría, como la estatua de la entrada.
Todas las mañanas se sentaba en su trono de sabia, y mientras olía la turbia moralidad esparcida por el aire, su desvergonzado instinto hacía de su entrepierna un calvario vehemente; casi incontrolable.
Pero ella sabía manejar esa fogata; bajo sus enaguas de mujer temible, sin mortificación alguna, pues esa era la parafina que mantenía en pie a la justicia de su dedo masturbador.
Sabía también, que era vigilada por aquel gendarme de manos inmensas, balano arrogante y torso peludo. Ese que velaba el juicio de la nación desde el ángulo más apartado de la historia; sin la autoridad ni el abolengo de quienes allí se paseaban.
Ese uniformado que arrastraba la fragancia más dulce y atrayente del tribunal. Ese que la poseía en la cima del cerro Santa Lucía cada tarde, después de las ocho, olvidándose de la jerarquía de los que ven, dispuesto a lanzarse al mundo junto a su jueza. Para que la vean. Para que lo vean, pues ambos se habían encontrado en la oscuridad y habían hecho de esa perversión sexual, la alianza más justa entre dos amantes.





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