Las vengadoras

Había oído hablar de ellas, pero siempre creyó que tan solo eran las musas de una leyenda urbana, que se venía contando por los callejones del barrio Concha y Toro, desde los tiempos del toque de queda de Pinochet.

Estaba equivocado. Esas ninfas traían carne, hueso y sangre.

Se las presentó la noche, a eso de las cinco, cuando los gallos no saben si cantar o seguir en trance por el resto de la vida.

Bailaban aferradas a sus dolidos corazones, también se amaban bajo la sombra de la venganza, en sabanas Ralph Lauren y arropadas por el pacto sangriento que las unía de por vida.

Los genes mapuches de sus abuelos, delineaban con sutileza el perfil etéreo de su aguerrida raza; pupilas exóticas, pómulos desgarrados, piernas de trescientos años y piel sombría como el ron cola de esa noche. 

Ofelia llevaba el pelo rojo hasta la cintura, Juana, una melena negra con chasquilla a lo Pulp Fiction. Gozaban siendo el centro de la fiesta. Así era más fácil atrapar la presa, decían. No les costaba mucho, eran distinguidas y extremadamente sexys. Esa noche usaban Vera Wang y bailaban solas en mitad de la pista. Se empinaban una botella de Dom Pérignon, mientras se besaban sin pudor, pues sabían que esa provocación hacía hervir el decadente cipote de sus víctimas.

Compartían un Loft frente a la plaza Libertad de Prensa.

El ritual era el mismo siempre. Viernes tras viernes.

Los amarraban al catre de bronce y ellos creían que el juego de las dominatrices comenzaba, pero solo cuando el martirio pasaba el límite de la ficción, se daban cuenta que aquella manzana mordida se pagaba con la muerte.

Elegían solo a veteranos de la DINA, que gozaban de familias estables, fortunas corruptas y pasados enterrados en el confín de la memoria. Preferían a los padres de familia que escupían sobre la moral de sus vecinos, camuflados tras la catequesis de la doble vida. Aquella noche el ex coronel cayó rendido a sus pies y, como un adolescente inexperto, perdió el dominio de su astucia de viejo zorro.

La idea de que esas modelos se fijaran en él, era suficiente para que su verga se hinchara, y para que la tarjeta de crédito arrasará con toda la champaña del bar.

Era su primer viernes como viudo de verano. Los gritos de la esposa desaparecían a cientos de kilómetros, mientras los hijos se preocupaban de sus propias familias, como los había instruido; al ritmo de golpe y castigo. Gracias a eso, ahora eran personas decentes y respetadas, proclamaba.

– Vente con nosotras, tenemos jales- le murmuró Ofelia en el oído, mientras Juana bailaba alrededor la canción “Kiss Them For Me”, de Siouxsie and the Banshees.

Y no iba a ir. Tenía la uretra incinerada y necesitaba la humedad de esas mujeres para calmar el glande infernal. Así que aceptó, decidido a reestrenar su viejo ímpetu lujurioso; el mismo con el que violó y torturó a tanta hermana chilena.

Ofelia le amarró las manos, Juana los pies. Y cuando la yugular ya estaba cortada, ambas masturbaron al asesino de sus padres; con rabia, con violencia, con venganza,  abriéndose paso entre coágulos malditos y aullidos de verraco arrepentido. 

En su último aliento venía el llanto de Villa Grimaldi.

La mañana siguiente, Ofelia y Juana, desayunaron en el Centro Cultural Palacio La Moneda. Tenían la consciencia desahogada y el apetito tranquilo.

No sabían que elegir en el menú, pero estaban seguras que esa noche elegirían bailar con el próximo de la lista negra, y por supuesto, elegirían amarse con lealtad hasta el final de sus vidas.

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